“La gente juzga por las apariencias, pero Yo miro el corazón”. (1 Samuel 16:7)

¡Bendiciones hermanos!

Qué panorama complejo presenta la sociedad de nuestros días.

Cuánto discernimiento espiritual necesitamos para distinguir claramente lo verdadero de lo falso e hipócrita… 

En este mundo de apariencias, de gente “religiosa”, pero no espiritual, de gente que cumple “ritos”, pero no la voluntad de Dios, de gente que diezma en los templos con afán de una “buena cosecha material”, pero cuyo corazón está lejos del Señor…

¡Qué difícil se hace separar la cizaña del trigo!

Hermanos, Dios NO está preocupado con lo que aparentamos ser por afuera, Dios NO está preocupado con las cosas materiales que tenemos… ¡Dios está preocupado con lo que ‘yo soy’ no con lo que parezco ser!

Eso es todo lo que importa. Una vida auténtica, vivida desde la fe genuina en Cristo, sincera, transparente, real; fe que transforma desde el interior, que muda, cambia el corazón…

En el libro primero de Samuel, capítulo 16, Samuel nos relata como uno a uno, fueron desfilando frente al él todos los hijos de Isaí y Dios le decía a Samuel que no se precipitara pues Él, no elige a la gente por su apariencia. (1 Samuel 16: 1-13)

En otro texto, Pablo nos dice  que Dios no hace acepción de personas… (Romanos 2:11)

Para Dios no somos más importantes si tenemos más o menos bienes materiales. A Dios tampoco le importa si somos ricos o pobres, según el juicio del mundo. A Dios poco le importa si tenemos más o menos fama o consideración que otras personas… A Dios únicamente le importa que ‘estemos’ en Cristo, que seamos ‘Nuevas Criaturas’, que hallamos ‘nacido de nuevo’. A Dios le interesa nuestro interior, la persona que somos por dentro, los nuevos seres humanos en que el Espíritu Santo nos va transformado día a día.

¡En esto se fija el Señor!

Y sigue siendo coherente consigo mismo, pues Él es el mismo, por siempre, por toda la eternidad, Dios no cambia.

Y no deja de llamarme la atención la cantidad de “cristianos” que siguen tan campantes por la vida teniendo su interior tan lleno de todo lo que no sirve, de todo lo ruin y dañino que su ‘antigua naturaleza’, su ‘viejo hombre’ exhibía como su característica más sobresaliente… 

A estas personas parece que nada les afecta, ni la palabra más profunda, ni la predicación más excelsa. Está tan endurecido su corazón que es prácticamente impenetrable. Pero llama la atención que sientan enorme predilección por guardar ritos, días de fiesta en el calendario cristiano, mantener a raja tabla las santas y ‘antiguas tradiciones’…  pero en su interior están absolutamente iguales, nada a cambiado para ellos, parece que nunca hubieran aceptado el evangelio de Cristo.

Es más ¡lo desconocen absolutamente! Si conocieran el evangelio de misericordia, verdad y libertad de Cristo, sus vidas serían ejemplos de virtudes…  pero no vemos que esto suceda, al contrario, están cada vez más sumergidos en su ignorancia, en su embrutecimiento, adormecidos espiritualmente.

Como si guardar ritos, supercherías y demás tradiciones y mandamientos de hombres, fuera comparable al “nuevo nacimiento”.

¡Nadie puede ver el Reino de Dios si antes no naciere de nuevo! (Juan 3: 3-7)

No hay dificultad en entender esto hermanos: el “nuevo nacimiento” es nacer del Espíritu y vivir por medio de Él.

Es llevar una vida digna del llamado que  hemos recibido. (Efesios 4:1-3)

Los frutos del Espíritu son inconfundibles, visibles y dignos de admiración: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas”. (Gálatas 5:22)

Siendo algo tan sencillo de ver, es difícil entender cómo tantas personas viven de manera totalmente contraria a lo que afirman creer…

Pero una vez más, “la sabiduría se demuestra por los que la siguen”: ¡Dios no juzga según el criterio de los hombres, Dios mira el corazón!

Por eso hermanos vivamos de una manera santa y digna del llamado qué hemos recibo de nuestro Señor Jesucristo.

Dios los bendiga con mucho discernimiento espiritual y que estén bien despiertos y listos para toda buena obra. Amén

 

Fernando Acuña.

 

 

 

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